Cuando el silencio dejó escuchar a las aves

Hay momentos en la historia que modifican nuestra forma de mirar el mundo.

Para mí, ese momento comenzó en 2020.

Durante el confinamiento provocado por la pandemia del COVID-19, las ciudades quedaron en silencio. El ruido de los automóviles desapareció, las calles se vaciaron y, por primera vez en mucho tiempo, quienes vivíamos rodeados de concreto volvimos a escuchar el canto de las aves.

Los balcones comenzaron a recibir visitantes inesperados. Los jardines parecían respirar de nuevo. Los árboles recuperaban una presencia que durante años habíamos ignorado. No fue la naturaleza la que regresó; fuimos nosotros quienes, al detenernos, volvimos a descubrir que siempre había estado allí.

Ese momento transformó profundamente mi manera de entender el arte.

Comprendí que el verdadero aislamiento no era únicamente entre las personas. También habíamos construido una distancia con el mundo natural. Habíamos olvidado que nuestra salud emocional depende, en gran medida, de la posibilidad de escuchar un río, caminar bajo un bosque o detenernos algunos minutos para observar el comportamiento de un ave.

Así nació Regálame un piecito.

No como una empresa ni como una colección de esculturas, sino como una necesidad de conservar aquello que durante el confinamiento nos recordó que la naturaleza no es un paisaje exterior: es una parte esencial de nuestra existencia.

Desde entonces dedico cientos de horas a construir aves colombianas utilizando únicamente papel.

Cada pluma es dibujada, cortada, modelada y ensamblada manualmente. Algunas esculturas contienen más de trescientas piezas independientes que, poco a poco, encuentran su lugar hasta reconstruir la anatomía del ave. El proceso recuerda la paciencia con la que la propia naturaleza construye el plumaje: una estructura donde ninguna pluma existe por casualidad y donde la repetición termina revelando una geometría extraordinaria.

Trabajo desde el lenguaje del paper craft, pero también desde la ilustración científica, el arte botánico y la observación de campo. Sin embargo, mi intención nunca ha sido realizar una reproducción exacta de un ejemplar. Lo que intento preservar no es el cuerpo del ave, sino la emoción que produce encontrarse con ella.

El papel se convirtió muy pronto en una decisión conceptual.

Es un material aparentemente frágil, ligero y vulnerable. Exactamente las mismas condiciones que hoy enfrentan muchas de las especies que represento. En Colombia, el país con mayor diversidad de aves del planeta, esa riqueza extraordinaria convive con una realidad igualmente delicada: la pérdida de hábitats, la fragmentación de los bosques y el tráfico ilegal continúan amenazando especies cuya desaparición sería irreversible.

Cada escultura establece entonces una analogía silenciosa entre la fragilidad del papel y la fragilidad de la vida.

No deja de parecerme significativo que aquello que durante siglos fue considerado un soporte para el dibujo pueda convertirse hoy en un cuerpo vivo. El papel deja de ser superficie para transformarse en plumaje. Deja de contener imágenes para convertirse en presencia.

Quizá por eso muchas personas no describen estas obras como esculturas. Hablan de recuerdos.

Recuerdan el colibrí que visitaba el jardín de sus abuelos. La garza que observaban durante la infancia. El barranquero que apareció inesperadamente en una caminata. El canto que escuchaban cada mañana antes de mudarse a la ciudad.

He comprendido que las aves poseen una extraordinaria capacidad para habitar nuestra memoria.

Cada pieza termina siendo un territorio afectivo donde el arte, la ciencia y la experiencia personal se encuentran.

Esta búsqueda ha permitido que mi trabajo dialogue con escenarios como la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BIAM 2025), donde las esculturas encontraron un espacio para reflexionar sobre biodiversidad, territorio y conservación desde una práctica artística contemporánea.

Sin embargo, continúo creyendo que la verdadera exposición ocurre mucho después de abandonar una sala de museo.

Sucede cuando una escultura llega al hogar de alguien y transforma su manera de mirar por la ventana.

Cuando un niño pregunta por el nombre del ave.

Cuando una conversación termina hablando de conservación.

Cuando una persona decide salir a caminar para intentar encontrar el ave que hasta ese momento solo conocía a través del papel.

Entonces la obra deja de pertenecer al artista.

Comienza a pertenecer a quien vuelve a descubrir que no puede vivir sin naturaleza.

Tal vez ese sea el verdadero propósito de estas aves.

No reemplazar el vuelo.

Sino recordarnos que todavía somos capaces de levantar la mirada hacia él.